Fuera de mi cuerpo, buscando un espacio donde meterme. Agonizo mirando a mi alrededor, ¿dónde estoy? ¿qué sitio es este? Corro, intento encontrar una calle que me resulte familiar, una esquina, un pedazo de pared… nada. Poso mi dedo índice en el muro de ladrillo que está más cercano a mí, y a medida que camino, voy silueteando las olas de un mar encolerizado y me imagino a los pececillos alborotados, tratando de encontrar la estabilidad en algún recobeco, como hago yo en mi desconocido lugar.
Cuanto más camino, menos quiero continuar y tengo la sensación de que voy a desplomarme y nadie va a recogerme… Que voy a quedarme tendida en el suelo, rota en fragmentos, y esas extrañas personas que pasean por ese tedioso lugar pisaran los retales que han quedado, sin saber que fui o que pude llegar a ser.
Eh… un momento, ¿ese no es el tobogán donde me caí a los cinco años? Sí, sí… Y ahí está la plaza donde solía correr con mis amigas,… también me tropecé allí, y me hice una buena herida en la rodilla. ¡Anda! Pero si está allí mi taller de pintura, ¡y la biblioteca! Pero, ¿dónde está todo el mundo? Este silencio da miedo, se traga el aire, y parece que quiere comerme a mí también. Parece que estoy soñando y que alguien ha vertido miel en mis ojos para que no los pueda abrir… Pues me saben dulces los recuerdos, pero me angustia el no poder despertar.
¡Auch! Espera, alguien me ha pellizcado. Alzo la vista, parece una silueta femenina. Sí, sí, lo es. Me dice que no tengo de qué preocuparme, que no estoy sola y que no me sienta mal por no tener claro en qué espacio meterme. Acaba de confesarme que ya estoy en mi cuerpo. ¿Entonces por qué miro mis manos y no las reconozco? ¿Por qué me siento de tantas formas a la vez, cómo si fuese tres personas al mismo tiempo? Ahora la silueta toma forma de chico, y con voz familiar me dice, de nuevo, que no me preocupe, y añade que no siempre puedo controlar todo lo que pasa que hay veces que tengo que protegerme de la tormenta en vez de salir y que, cito textualmente, me parta un rayo.
Cierro los ojos, los aprieto, y los abro lentamente. Almohada de rayas naranjas, verdes y amarillas, un peluche peludín, uñas pintadas de negro… ¿Pero qué ha pasado? Parecía todo tan real, y ha sido todo ¿un sueño? No, no sólo eso… Ha sido una lección. Cuando me siento rara, no puedo encorajarme, y no hacer nada… Simplemente sentirme mal y no buscar algo mejor. Hay momentos en los que, sencillamente, toca estar triste o desanimada, y la cura no es la resignación, si no el optimismo, el pensar que, aunque no de forma inmediata ese decaimiento va a pasar… ¡Y que no parezca que cuando comienza a nublarse el cielo va a llover toda la semana! Que si algo va mal, no hay que pensar en todo lo que puede empeorar o en las cosas que, a parte de esa concreta, van de una forma que no me gusta. Porque tengo que sacar fuerzas de lo que soy, que puedo… ¡Si he llegado hasta aquí entera, claro que puedo!
Las pesadillas cuando estás despierta son para quien no quiere afrontar lo que es en realidad, para quien se queda sumido en su desgracia sin ver que el sol se asoma allá, no muy lejos. Yo no voy a ser quien se esconda. Lo único que hay que hacer es mantener los ojos abiertos, la mente despejada, las ideas claras… y no dejar que las malas ideas viertan miel sobre tu claridad… Porque a veces es más cómodo sentirse desgraciado antes que sentirse triste con solución próxima. No caminaré por la senda fácil, y si tengo que perderme en lugares que no conozco, lo haré, y buscaré un mapa que me guíe. Porque no soy ninguna cobarde, ni tú tampoco, ni él, ni ella… Porque todos podemos vernos víctimas de una situación, volvernos diminutos y decir “¡hasta aquí!”, beber una poción engrandecedora y ser mayores que el miedo que nos aqueja.
Y esa poción no la tiene un mago que vive en la Atlántida, la tenemos cada uno de nosotros.